De la inactividad a la pasión por el ejercicio, por Samanta Alva

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Nunca fui una persona amante del deporte. Pasé toda mi secundaria en la banca durante las Olimpiadas escolares y pretendí, durante el último año del colegio, estar en “mis días” todos los martes que tocaba la clase de Educación Física. En mi etapa universitaria me alimentaba únicamente de comida chatarra, gaseosas y fumaba como si eso fuese a mágicamente hacer mis trabajos por mí. Correr era sinónimo de tortura y un abdominal al levantarme de la cama por las mañanas era suficiente por todo un año. El problema era que en medio de ese sedentario estilo de vida, estaba mi baja autoestima. Siempre quise ser flaca, usar polos pequeños, tener un piercing en el ombligo y poder hacer un split abriéndome de piernas.

Gordita no soy, pero tampoco podría calificarme como delgada. Soy lo que algunos llamarían skinny fat: mi ropa oscila entre S y M, tengo caderas y retaguardia anchas, y una pequeña pancita por la bendita endometriosis. Mi baja autoestima, estrictamente relacionada a mi físico me llevaron durante un tiempo a hacer tonterías alimenticias: solo tomaba agua, no comía durante un día entero o sencillamente me echaba a llorar hasta quedarme dormida. Quería belleza fácil, y como mi hermana siempre suele decir, la belleza duele.

Una mañana de enero de 2016, una amiga, Nía, me escribió para comentarme que hacía deporte en Personal Fitness Circuits, un gimnasio bastante especial, donde recibía clases de Functional y Crossfit. ¿Por qué me comentaba eso? Porque queda frente a mi casa. Pasé casi 3 años caminando frente a ese gimnasio pero mi gran desinterés por mover mis piernas evitó que si quiera preste atención a su existencia. “¿Quieres venir el jueves una clase de prueba? Te invito, para que veas que es increíble”, me dijo, sin saber que estaba a un “sí, claro” de darle un total giro a mi vida.

Ese día fui a la peluquería con mi mamá, olvidando que había pactado una tarde intensa. Me cortaron el cabello, me depilaron las cejas y antes de pintarme las uñas recibo un mensaje de whatsapp. “¿Estás lista para hoy?”. No había desayunado, almorcé fetuccinis rojos con atún y estaba en pleno cambio de look. Claramente no estaba lista, pero ya había quedado con Nía. Además aún no había ni terminado la primera semana del año y entre mis resoluciones estaba el hacer ejercicio. No volverme deportista ni nada por estilo, tan solo perder el miedo a tener que sudar para verme bien. Llegué a casa, saqué mi prácticamente nueva ropa de deporte – que siempre tuve, pero nunca usé – me cambié, con una cantidad desmesurada de ansiedad encima, y salí con una toalla y una botella de agua en la mano. Nía me recibió, como siempre, con una sonrisa y abrazos cariñosos. “No sé si te vaya a gustar este deporte, pero quería que lo pruebes”. Iván, uno de los entrenadores me recibió amablemente y me aconsejó ir con calma, puesto que ya se había enterado de mi nulo amor al deporte.

Hicimos cardio durante 10 minutos, de los que en los primeros 3 ya quería irme, mi agitación era extrema, como si tuviese soroche. Tomé agua hasta embotarme. “No hagas eso, que es contraproducente”, pero tenía sed y estaba un poco abrumada. Iván armó una rutina basada en movimientos funcionales como planchas, abdominales y sentadillas, algunos acompañados de pesas u obstáculos para saltar y coger un poco de ritmo. A los 20 minutos, me puse terrible. Me hiperventilé, tenía nauseas, quería morir. Me preguntaron si quería ir al baño un momento, y allí vomité. Vomité todo lo que había almorzado, acompañado de esa tonta mentalidad de quererlo todo instantáneamente. Salí con los ojos vidriosos pero con ganas de seguir ejercitándome. Terminada la hora de la clase, Iván me comentó los planes de ejercicios de circuitos y máquinas. “Piénsalo un poco y me avisas si te interesa”, pero realmente me decidí a cambiar mi vida. Pagué y salí agotada, vomitada pero contenta del importante cambio que estaba por empezar.

Sabía que no iba a ser la real deportista desde el día uno porque mi cuerpo estaba completamente fofo, mis músculos apagados y nada preparados para afrontar tal cantidad de esfuerzo. Empecé yendo tres días a la semana. Llegaba a casa roja como un tomate, a veces helada, a veces casi con fiebre, pero llegaba feliz. Planks, abdominales, pesas para trabajar bíceps, tríceps y espalda, sentadillas, lunges: todo eso pasó a ser parte de mi vocabulario diario. Dejé de fumar y comer alimentos altos en azúcar, porque mi cuerpo ya no lo necesitaba. Ya no me deprimía con pequeños estímulos negativos, empecé a despertar temprano, descansar plácidamente y tener una actitud positiva en el día a día.

A los tres meses unos amigos descubrieron un evento llamado InkaChallenge. Una carrera de obstáculos diseñada para superar tus propios límites. Empecé a correr por las noches bordeando El Golf, quería estar completamente lista para ello. Lo primero había sido empezar a ejercitarme, ahora tocaba probarme a mí misma, el ser capaz de todo. El gran día llegó, mi familia estaba emocionada, tomaron fotos de todo, incluyéndome abrazada con mis amigos. Cuando el Inka empezó, corrí, cargué 20 kilos de piedras mientras subía y bajaba un cerro, me sumergí en una piscina de lodo para pasar debajo de una red, salté diez cajas que me llegaban casi a la rodilla, salté y me arrastré por obstáculos de madera, me lancé de una soga a modo de liana, rampeé un cerro cuesta abajo con alambres de puas sobre mi cabeza, trepé tres muros –uno más alto que el otro – jalé sogas amarradas a bolsas de piedras hasta elevarlas 15 metros en el aire y caí de un pasamanos colgante a una piscina de lodo. Corrí hasta la meta y recibí mi medalla. Me quité el polo y en sostén deportivo abracé a mi familia y amigos.

Ese día fue determinante en mi vida. Había pasado ya tres meses entrenando sin parar y ahora me había demostrado que si quiero algo, puedo conseguirlo. Empecé a amar el deporte. El salir a correr, cargar pesas, hacer planchas, estirar y entrenar mi cuerpo entero se volvieron una de mis grandes pasiones y necesidades. El día que dejo de entrenar es un día terrible, porque no puedo canalizar lo que cargué en el día entero, porque siento cómo mis músculos se debilitan, porque se ha vuelto parte de mí.

Estas decisiones siempre están en uno mismo y no tienes que esperar al próximo lunes para empezar a cambiar tu vida. Si realmente quieres hacerlo, tienes que empezar ahora.

Por : Estar Bien

"Una vida llena de bienestar, es una vida sana y feliz y eso es, sin duda, una vida mucho más fácil." Somos una iniciativa de RIMAC que apuesta por esa convicción y quiere compartirla con todos los peruanos. Porque estamos convencidos que en la vorágine de la vida diaria, no hay nada más importante que bajar un poco la velocidad, aprender a escuchar al cuerpo, al corazón y a la gente que nos rodea; para encontrar ese bienestar que todos buscamos.

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