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Subir caminando a Machu Picchu no es tan complicado como crees

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Cuatro de la mañana, 10 grados centígrados. Todos abrigados, entre bostezos pero listos para algo que solo algunos días atrás generó un gran “¡¿Quéééé?!” como respuesta: Subir caminando a Machu Picchu. Éramos 12 amigos que, como cada fin de año, visitábamos Cusco para celebrar las fiestas y este año habíamos decidido visitar las ruinas más emblemáticas de nuestro país.  

Dormimos en Urubamba, despertamos a las 3 am y salimos en una van a la estación de trenes que nos llevaría a Aguas Calientes, el turístico pueblo entrada a la ciudad sagrada. Ese día fue una locura porque hicimos todo pensando en pasarla bien gastando lo menos posible. Subimos al tren: Vagón D, asiento S/N. 10 soles. Fuimos los primeros en subir y como no teníamos asiento, nos arrimamos hacia los asientos reservados rogando que no suba ninguna embarazada o persona mayor. No pasó, pero tuvimos que compartir dos asientos largos entre siete personas, cantando y contando malos chistes a la luz del amanecer. Algunos tomados de las manos, otros comiendo choclo con queso.

Llegamos a Aguas Calientes y los ojos nos pesaban a todos, habíamos tenido una noche intensa y el cuerpo no nos iba a dar. Apenas pusimos un pie fuera del vagón a alguien se le ocurrió descansar dos horas en un hostal y recargar energías. Entramos al primer gran hostal que vimos y encontramos cuartos compartidos a 10 soles y ‘matrimoniales’ a 20, increíble. Nos instalamos – y por instalar me refiero a dejar las mochilas en el piso y echarse directamente a dormir – y al par de horas ya estábamos como nuevos, listos para partir. 

Estábamos preparados: Tapers con ensalada de fideos, botellas de agua y ponchos plásticos para la lluvia. Salimos de Aguas Calientes por la carretera, pasamos por un mariposario, el Museo de Sitio de Machu Picchu y un puente antes de llegar al cartel de madera que indicaba cuánto demoraríamos en subir. Este decía “HICKING TRAIL – Camino Peatonal” y una ilustración de la ruta en carro y la ruta a pie. La línea verde representaba nuestro camino: 1.8 kilómetros de camino cuesta arriba y un tiempo aproximado de 60 minutos. Ya varios habíamos estado en maratones y carreras de obstáculos, no iba a ser tan difícil. 

Empezamos casi corriendo por los grandes escalones incaicos, tomándonos fotos cada vez que alguno con cámara se adelantaba. Yo ya había hecho la cuenta, teníamos que cruzar seis tramos de la carretera y ahí sabríamos que estábamos cerca de llegar a Machu Picchu. Nos cruzamos con turistas de todo el mundo que, entre risas, nos animaban: “¡Suerte!”, “You go, guys!”. Felizmente habían pequeños lugares para reposar bajo la sombra y una vista alucinante de las montañas verdes que protegen la ciudad imperial.

Después de una hora y media, entre varios “invítame agua” y “dios mío, estas escaleras”, llegamos. ¡Lo habíamos logrado! Sacamos los tapers, almorzamos, conseguimos un guía, llovió sobre nuestros ponchos y apareció un arcoíris en nuestro camino.

Al regresar ya no dábamos más. Flaqueamos y tomamos uno de los buses afuera del recinto. 25 soles para bajar, pero con lo cansados que estábamos, estuvo bien pagado. Un par de pizzas al horno en un restaurante de Aguas Calientes y subimos al tren para volver. Hicimos cantar al menos a la mitad del vagón hasta que nos quedamos dormidos y despertamos nuevamente en Ollantaytambo.

Son esos momentos en los que te das cuenta de que “no importa el destino, sino el camino” es algo muy real. Si no hubiésemos subido caminando, no habríamos regresado a casa con tantas risas y tendríamos menos experiencias que contar. A donde sea que vayas, que sea con la compañía que más disfrutes y piensa que, aunque el camino sea largo, nadie nunca te quitará lo vivido.

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