Cómo no rendirse en el intento, por Lourdes Cortijo

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Desde que tengo uso de razón he tenido sobrepeso, por muchos años fue obesidad, pero en este particular momento de mi vida, gracias a Dios, lo puedo llamar sobrepeso. Siempre fui esa gordita cachetoncita que todos pensaban que era la más amiguera y amable del mundo. Sí, esas son las características que se les adjudica a las personas de talla grande. Pero ¿qué sucede con nuestra autoestima al tener tantos estereotipos? Generalmente esta se ve disminuida o mermada porque nos sentimos juzgados o menos valorados por cómo se ven nuestros cuerpos, pero, en realidad, nuestra autoaceptación depende muchísimo de nuestra propia percepción de belleza.

Nuestros cuerpos deben ser respetados por cómo son y por lo que pueden hacer. ¿A qué me refiero con esto?, a que nuestro cuerpo es la mejor herramienta de expresión y fortaleza que tenemos. Yo nunca me consideré una persona con voluntad para ejercitarme, siempre sentí mucha vergüenza de inscribirme a un gimnasio, sentía que no pertenecía a ese lugar. ¿No les pasa que llegas a un lugar y sienten que TODOS los miran? Ya, así nos sentimos las personas grandes/gordas/rellenitas cuando nos ejercitamos. 

En 2015, más o menos, decidí hacer algo respecto a mi peso e imagen corporal y me inscribí en una academia de artes marciales. Dije “bueno, es ahora o nunca. Vamos a aprender muay thai”. El muay thai es una disciplina increíble porque ejercitas tu cuerpo, mente y canalizas tu energía, pero los horarios me eran un problema y lo dejé. Seguí con mi vida normal hasta que, hacia finales del año, tuve un accidente que cambió mi vida. Me rompí los ligamentos de la rodilla y tuve una cirugía larga y de recuperación lenta. Realmente pensé que nunca más podría practicar algún deporte y tuve una depresión severa. No me sentía feliz con absolutamente nada: mis decisiones, mi vida, mi salud, mi cuerpo. Sí, en especial con mi cuerpo porque subí 15 kilos por no poder caminar mucho. Mi vida se resumía a un círculo vicioso: comer, llorar, renegar por subir de peso, comer, llorar, comer, quejarme, renegar, etc. No era una persona saludable en absoluto, como lo podrán imaginar. 

El año pasado fue un año lleno de altibajos laborales, personales, de salud, etc. No obstante, como buena géminis, obstinada, decidí ponerme las pilas y lucharla. En diciembre del mismo año emprendí un viaje por el Sudeste Asiático, estuve en lugares hermosos y fui plenamente feliz. Me sentí completa y comprendí que mis problemas emocionales estaban directamente relacionados con mi imagen corporal, con mi escasa aceptación y amor propio. Ese viaje me abrió los ojos, me hizo darme cuenta de que mi cuerpo es mi armadura y me hace poderosa.

Volví a Lima a mediados de enero de 2017 y me dediqué completamente a mi familia y amigos. Pero tenía una idea rondando en mi cabeza: ¿Qué hacer para sentirme más saludable y feliz? Un día pasé por el local donde entrenaba muay thai y subí a saludar a mi antiguo entrenador. Le comenté que quería ejercitarme pero que no sabía exactamente cómo después de haber tenido una reconstrucción de ligamentos y él me contó sobre el entrenamiento funcional, una disciplina de la cual jamás había escuchado. El entrenamiento funcional consiste en realizar ejercicios y movimientos que nos ayuden a desempeñar tareas funcionales. Se trabajan los músculos mediante la imitación de movimientos cotidianos y focalizados. Es importante contar con un buen entrenador porque nos ayuda a trabajar características concretas según nuestros cuerpos, habilidades, fortalezas, etc. Como la mayoría de nosotros no somos deportistas de alto rendimiento, ejercitar nuestros músculos tiene que servirnos para algo: mejorar nuestro día, ser más fuertes, ganar más rendimiento, etc.

Ahora mis lunes, miércoles y viernes empiezan a las 5:30 am. Me despierto a esa hora, tomo un vaso de yogurt o como una fruta y salgo a entrenar. Llego, troto por cinco minutos y después me van indicando qué ejercicios hacer. A veces series de abdominales, sentadillas o mi tan odiado planking. Realmente sudo, me duele todo, quiero tirar la toalla, gritar que ya no puedo, pero utilizo toda esa fuerza para ser mejor, para sentirme mejor conmigo misma. Sí, soy consciente. No seré una Inés Melchor o una Serena Williams en cuanto a estado físico, pero con cada gota de sudor siento que me hago más fuerte, siento que venzo mis propios límites.

Finalmente, yo no busco entrenar para bajar de peso ni ser una “mamacita”. Entreno porque quiero vivir más tiempoquiero mejorar mi calidad de vida, quiero ver cuán lejos puedo llegar. Entrenar no es sinónimo de “soy mejor que tú” sino de “quiero ser una mejor versión de mí misma”. Primero haz las paces contigo y ponte metas. ¿Qué quisieras lograr? Una meta corta que tengo yo es poder correr 20 minutos sin sentir que voy a desmayarme. Estoy en el proceso aún, pero lo doy todo. Vamos, sí se puede. No te rindas por el miedo al qué dirán, no te rindas porque de buenas a primeras no te sale una rutina o un ejercicio, no te rindas porque sientes que los demás son mejores que tú. Intenta, cae, fracasa, ponte de pie, sigue luchando. Sonríe. Repite todo de nuevo.

Por : Estar Bien

"Una vida llena de bienestar, es una vida sana y feliz y eso es, sin duda, una vida mucho más fácil." Somos una iniciativa de RIMAC que apuesta por esa convicción y quiere compartirla con todos los peruanos. Porque estamos convencidos que en la vorágine de la vida diaria, no hay nada más importante que bajar un poco la velocidad, aprender a escuchar al cuerpo, al corazón y a la gente que nos rodea; para encontrar ese bienestar que todos buscamos.

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