Marcona, cuna de hombres de mar y paraíso de biodiversidad

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Las fiestas me ponen nervioso. Siento que el año se acaba y que no hice todo lo que quería hacer. Además, el movimiento vertiginoso de la ciudad y las tiendas abarrotadas me hacen querer salir unos días. Pero, ¿dónde? Pienso en un lugar desconectado, que no esté muy apartado  y que me permita ir por pocos días. Un espacio natural al que pueda ir con mi familia o amigos, donde pueda aprender sobre la conservación y a la vez divertirme como chancho ¿Existe? Definitivamente sí.

San Juan de Marcona es un distrito minero y pesquero ubicado 530 km al sur de Lima, en la provincia de Nazca. Al llegar, con lo primero que te topas es la zona comercial. No te desanimes, desde allí difícilmente podrías adivinar las playas maravillosas que existen detrás. 

Desde Lima se puede ir en bus, salir por la noche y amanecer allá. Pero si tienes la posibilidad de ir en auto es mejor, ya que puedes controlar tus tiempos y recorrer la zona con más libertad. Yo recomiendo salir a primera hora, golpe de cinco de la mañana, hacer una parada en Chincha por un buen desayuno y llegar a Marcona para almorzar.  A pesar del movimiento, Marcona es un pueblo muy amable, gran parte de los locales le pertenecen a los pescadores, hombres acostumbrados a largas y solitarias faenas en altamar.  Un buen punto de llegada es el restaurante  El Arrecife, donde el dueño, Don Santiago Rubio, abastece la cocina con la pesca que con mucho esfuerzo obtiene buceando a pulmón. Un ceviche mixto que incluye las maravillosas -y desconocidas por aquí- navajas y, de segundo, un pescado entero, frito o en sudado, son dos platos que no pueden perderse. Recomiendo compartirlos, porque son contundentes. Luego, con la barriga llena y el corazón contento, podremos establecernos con tranquilidad. 

En Marcona hay varios hospedajes, casi todos dentro de la ciudad. Pero como queremos desconectarnos un poco, esta vez propongo otra opción: carpa, bolsa de dormir, una buena mochila bien abastecida y a la aventura. Vayas o no de campamento, hay muchas playas para elegir, casi todas tranquilas y donde será muy poco probable que te encuentres con otro campista.

La playa la Lobera es una de ellas: amplia, pero cobijada por un acantilado de arena, ideal para corretear, deslizarse en un sandboard y tomar fotos panorámicas de la playa. En la orilla las aguas frías son amables y están flanqueadas por formaciones rocosas y cuevas hacia los extremos. Allí podrás pasar un par de días de felicidad, pero si eres como yo y te gusta explorar, hay muchas playas para recorrer, algunas más famosas que otras, como la Playa del Elefante, que recibe su nombre por las aguas turquesas resguardadas por una roca gigantesca que se inserta en el mar con la forma exacta de una trompa de un gigantesco elefante. Dicen que a pocos metros de la orilla, se hundió hace muchos años atrás un barco y que aún permanece encallado en el fondo. Si eres buen buzo puedes aventurarte a encontrarlo, no es una zona tan profunda, pero si no tienes experiencia es mejor que no entres, pues las aguas son movidas en la orilla. Hay otras playas como Carro Caído y Yanyarina, justo en la frontera con Arequipa, cada con sus particularidades. Explora y sorpréndete. Eso sí, asegúrate de llevar una bolsa para tus desechos y dejar la playa tan limpia como la encontraste.

Pescar mar adentro es también un excelente plan. Para hacerlo, debemos regresar a la ciudad e ir al puerto. Allí hay varias opciones de embarcaciones para alquilar, solo hay que preguntar un poco, ya que el plan no forma parte de la oferta turística. Si tienes suerte, puedes encontrar a Marcos Calderón. Él  es un experto pescador y te enseñará los secretos de la pinta, o pesca con cordel. Lo mejor es organizarse y llevar todo lo necesario para preparar un buen ceviche abordo, con los peces fresquísimos que logres pescar. Si no sabes hacer un ceviche, los expertos lo resolverán por ti. Relájate y disfruta el movimiento del mar y las historias que seguro te contarán. Pregunta si te pueden llevar a la Isla Blanca y a La Pingüinera, dos lugares conocidos por los pescadores locales, donde es posible ver lobos de mar y pingüinos de Humboldt a unos pocos metros del bote.

En Marcona han quedado atrás los tiempos en el que los pescadores artesanales mataban a los lobos de mar y a los pingüinos porque se atracaban en sus redes. Hoy este grupo de hombres de mar son los primeros en saltar si existe alguna amenaza contra estas especies, es más, la diversidad biológica es un motivo de orgullo para ellos.

Pero no siempre hubo ese respeto que hay ahora. Solía haber mucha depredación y, a fines de los noventa, durante un fuerte fenómeno de El Niño, se quedaron casi sin recursos marinos para extraer, por lo que  tuvieron que recurrir a otras alternativas para subsistir, entre ellas la recolección de algas que vara el mar. Hace algunos años, los pescadores artesanales de Marcona se dieron cuenta que estas algas que se acumulaban por montones en las orillas tenían un gran potencial. Con ellas se podía producir alginato, una sustancia que se usa como espesante para cremas, prótesis dentales e incluso en la famosa cocina molecular, así que hoy las venden para que sean exportadas a China. Ellos encontraron en la macrosistis -o sargazo como la llaman coloquialmente- una fuente de ingresos alternativa que los sacó de la pobreza. Ahora sus economías han mejorado y ya no sobrexplotan el mar. Han aprendido a proteger sus especies marinas y a pescar responsablemente respetando las vedas.  

Indagar un poco más en los recursos que han protegido los pescadores de Marcona te llevará a la playa Siete Huecos, al lugar donde trabaja Graziano Crespo, más conocido como Chicho. Él podrá contarte como la depredación estuvo a punto de arrasar con los erizos rojos, ese manjar exquisito y  poco valorado por aquí, hasta que se pusieron las pilas y decidieron crear un banco de erizos, se auto impusieron una veda indefinida y se organizaron para vigilar que nadie los extraiga de manera ilegal. Esos erizos crecieron, se reprodujeron por varias generaciones y hoy tienen una gran población en sus aguas que aprovechan con responsabilidad. Si vas por allí podrás bucear un poco y ver ese fondo marino tan diverso: erizos, chanques, estrellas de mar y peces, muchos peces.


Pero Marcona además esconde un gran secreto: un paraíso de la biodiversidad que se ha guardado, literalmente, bajo siete llaves para lograr su protección. Punta San Juan es una península amurallada, una zona rocosa donde pareciera que todas las especies marinas de la costa sur del Perú se hubieran puesto de acuerdo para asentarse allí. Hay cerca de 10 mil lobos marinos, miles de  guanayes, piqueros y la colonia más grande de pingüinos de Humboldt del Perú. Esperar el atardecer, inmóvil y en silencio, para verse de pronto rodeado por decenas de pingüinos que regresan del mar caminando elegantemente hacia sus nidos, es un espectáculo inolvidable. Eso sí, Punta San Juan es un área natural protegida, así que para poder entrar es mejor hacer la gestión antes de viajar a través de la página del SERNANP.

La historia de Marcona es un ejemplo de cómo pueden convivir las áreas naturales protegidas con una pesca responsable. Todos los pescadores que conocí están organizados en una asociación, llamada COPMAR, cada uno de ellos tiene una zona de trabajo y una cuota de algas que pueden recolectar. Además, vigilan las aguas para que nadie extraiga ilegalmente sus recursos y cuidan las playas para que nadie las ensucie. Cuando vayas por allí, seguro los verás. Alguno pasará solitario en su moto por lo alto del acantilado, otros estarán recolectando algas en la orilla de una playa y también verás a los que salen de faena en sus pequeños botes. Ellos son los guardianes del mar. Viajemos a Marcona y conozcamos su biodiversidad, solo así podremos comprometernos con su cuidado y asegurarnos que este paraíso natural se mantenga por muchos años más.

(Fotografías de Sebastián Rubio y Alexa Vélez).

Aunque Sebastián lleva los viajes, como él mismo dice, "en el tuétano", siempre le costó viajar. Cuenta que cuando era chico, le daba miedo ir a los campamentos con el colegio y dejar la casa, aunque fuera solo por tres días, "me generaba angustia y dificultaba la partida". Hoy es un viajero empedernido y está aquí para contarnos sus historias y darnos las mejores rutas de escape.

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