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El día que casi viajé al espacio

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Lucas y Luciano se acercaron a preguntarme si estaba contenta y no supe qué responder. La emoción en sus rostros era evidente. Si en ese momento hubieran podido salir estrellas de sus ojos, como en las caricaturas, estoy segura que hubiera sucedido. Me miraban con admiración e ilusión, como si yo fuese la heroína de sus sueños. No podía no estar a la altura, así que les entregué la sonrisa más sincera que pude y les dije que estaba lista para partir hacia mi gran aventura.


Esa tarde, al salir de casa, me puse a pensar en cómo había iniciado esa historia y, al recordarlo, tuve sentimientos encontrados y aparecieron preguntas sin respuesta. ¿Cómo es qué todo cambió tan rápido? Parecía que hubiese sido ayer cuando alimentaba a mis pequeños, acariciaba sus manos y sentía cómo formaban un fuerte puño alrededor de mi dedo, aferrándose a mí con la misma fuerza con la que yo había decidido aferrarme a la vida en ese momento.


Hace siete años, mientras daba de lactar a mis mellizos, sentí un dolor extraño y agudo en el pecho izquierdo, como si de pronto alguien me hubiera clavado una estaca en el corazón. Unos minutos después, Luciano, que estaba en mi seno izquierdo, empezó a llorar y no quiso seguir alimentándose; es más, podría jurar que hizo muecas de asco, como si un sabor desconocido y desagradable hubiera llegado a su boquita. Dejé que el momento pase y no le tomé mayor importancia.


Tiempo después, mientras me preparaba para celebrar los tres años de mis niños, un fuerte dolor en el pecho me detuvo nuevamente, pero esta vez mucho más intenso, tanto que no pude mantenerme de pie. Minutos después me recuperé y seguí encargándome de la fiesta, pero me quedé preocupada. Con el pasar de los días esa preocupación se disipó o mi consciencia (algo cobarde) se encargó de eliminarla y me convencí de que nada grave había pasado.


Al cumplir los 5 años, mis hijos viajaban por mundos imaginarios donde podían ser grandes guerreros, científicos, astronautas o superhéroes. Yo no podía quedar excluida de esa gran aventura, así que me sumaba a sus juegos y éramos muy felices intentando salvar al mundo. En una de nuestras misiones, uno de ellos golpeó sin querer uno de mis senos y pese a que el impacto fue leve, yo lo sentí como si la roca más grande del mundo hubiera caído sobre mi pecho. El dolor hizo, una vez más, que no pudiera mantenerme en pie y al palparme, sentí un líquido viscoso. No quise verlo, pero tenía a los dos sobre mí tratando de averiguar qué me había pasado, así que vi mi mano y me di cuenta de que estaba sangrando. Ellos, al igual que yo, abrieron los ojos con gran sorpresa, pero a diferencia de los míos, los suyos se llenaron de lágrimas así que antes de que alguna de ellas cayera por sus rostros, intenté continuar el juego y les dije, casi sin pensarlo: "¡Es la señal! ¡He sido elegida!". Esbocé una sonrisa y logré recuperar sus rostros de tranquilidad, sorpresa y curiosidad. Por dentro me sentía devastada. Que uno de mis pezones sangrara no podía significar nada bueno y los recuerdos de mis dolores anteriores aparecían una y otra vez en mi mente. Estaba aterrada. 


Los días siguientes fueron muy difíciles. Fui a tantas consultas como pude y me sometí a todas las pruebas necesarias. Aunque al inicio no quise aceptarlo, finalmente todos los resultados terminaron por confirmar que tenía cáncer de mama en etapa terminal y que las probabilidades de salvarme eran una en un millón. Lloré como nunca y me reproché el haber dejado pasar tanto tiempo desde la primera vez que sentí dolor. Me pregunté mil veces "¿por qué a mí?" y me preocupaba pensar qué sería de mis dos niños en mi ausencia. Además, para combatir el cáncer tendría que pasar por diversas operaciones, someterme a sesiones de quimioterapia y, de ser posible, optar por una mastectomía. Todo eso cambiaría mi aspecto físico y me preocupaba pensar qué les diría a mis pequeños. 



Al llegar a casa, los llamé y los senté a mi lado. Les dije que había llegado el momento de contarles para qué había sido elegida y por qué recibí aquella señal. Ver sus ojos fascinados ante la revelación de tal misterio me llenaba de fuerzas. Les conté, con toda la emoción posible, que dentro de mi pecho había estado creciendo una pepita llena de amor que finalmente había explotado y eso significaba que yo tenía que cumplir una gran misión. Les dije que esta vez no se trataba de un juego y que a partir de ese momento tendría que dejar nuestra casa e irme a entrenar muy duro para cumplir el reto. Que no podían estar tristes. Que era nuestro secreto especial y que ellos podían ayudarme en todo lo que puedan. Ellos sonrieron, se emocionaron y me dijeron que tenía que ser yo quien salve al mundo desde el espacio.


Mi preparación para ir al espacio pasó por muchas etapas: me “corté” el cabello porque mientras viajaba no iba a tener tiempo de lavarlo, perdí mucho peso para entrar en el cohete, vomitaba todo el tiempo porque me estaba acostumbrando a una nueva gravedad, me inyectaban vitaminas para que estuviera fuerte durante mi gran misión y mi piel se ponía cada vez más gris por mi contacto con la nave. Lo más difícil de justificar fue mi mastectomía. Irme por unos días y luego volver sin senos fue impactante para ellos, pero por suerte pude encontrar una buena historia para eso también.


El "entrenamiento" estaba llegando a su fin. Me encontraba a minutos de saber si todas las quimioterapias y operaciones habían dado resultados. Si finalmente iba a poder quedarme con mis hijos y poder cumplir mi misión de amarlos y verlos crecer por muchos años más. Al llegar al consultorio, el doctor empezó a explicarme miles de cosas, hasta que finalmente soltó la frase que tanto había esperado: "Hemos eliminado el cáncer por completo".


Nunca podré explicar lo que sentí en ese momento. Lloré, grité, salté e hice todo cuanto pude para expresar lo feliz que estaba. Sabía que mis hijos se decepcionarían un poco al saber que otra persona había tomado mi lugar para viajar por el espacio, pero también se pondrían muy felices al saber que la pepita de amor de mamá no iba volver a explotar nunca y que nos quedaríamos juntos para siempre. 

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