Sebastián Rubio: "Año Nuevo en la ciudad"

Blog Single

No me gusta viajar en año nuevo. Las veces que lo he intentado, pensando que era el mejor momento para salir de la cuidad y desconectarme de todo y todos, he llegado a lugares llenos de gente que aparentemente busca lo mismo y termina siendo como estar en Lima. Por supuesto que he pasado años nuevos hermosos fuera de Lima, pero la verdad es que creo que no es el mejor momento para viajar. De hecho, usualmente recibo el Año Nuevo no tan lejos de casa, a veces por opción y otras, como todos, porque no tenía de otra.

Cuentan mis padres que cuando yo era muy pequeño, la noche de mi primer año nuevo y en medio de su euforia primeriza, mi padre me sacó de la cuna a las doce de la noche para mostrarme los fuegos artificiales. Yo no recuerdo nada, pero dicen que contemplaba la situación con calma, aunque sospecho que quizá desconcertado por la situación y bastante asustado por los cohetes.

Muchos años después, cuando nació mi hija no se me ocurrió mejor idea que hacer lo mismo en su primera noche de año nuevo. Lo único que logré fue despertarla y pasar una noche más larga de lo esperada.

Cuando todavía no tenía edad para ir de fiesta solo, recuerdo alguna vez en la que mis padres me llevaron a una de sus celebraciones. Fue una gran fiesta en la casa de una pareja de amigos. Mi entretenimiento, además de aprovechar algún vaso descuidado, era ver cómo la gente se iba transformando en el transcurso de la noche. Los cuerpos soltándose entregados al baile, ocupando cada vez más espacio y aumentando la velocidad, otros manteniéndose estáticos y tocando guitarras imaginarias y baterías al ritmo de las canciones. La cereza del pastel fue fastidiar a los primeros que caían en los estragos de la cerveza, tocándoles por detrás del hombro y escondiéndome inmediatamente después, reacciones pausadas y lentas y yo riendo escondido. Al momento de salir, alguien imitaba a Víctor Raúl Haya de la Torre a todo pulmón en la calle. Por lo demás, fue una noche bastante aburrida.

La primera vez que pasé Año Nuevo alejado de mi familia fue en San Bartolo. El hermano mayor de un amigo había alquilado una casa en grupo para pasar unos días de verano y nosotros nos colamos al plan de los más grandes. Aún no me gustaban las bebidas espirituosas, pero mi gran proeza fue comprarme una pequeña botella de un vino frutado espantoso que vendían en algunas bodegas. Algunas veces, como aquella noche, me pasa que cuando veo a gente sumida en una efusiva celebración me cuesta mucho entrar en esa sintonía y me da por asumir la posición opuesta, la del grinch, la del aguafiestas y pesado. Esa noche no la pasé tan bien y me fastidié porque una chica, en medio de los saltos, gritos y saludos de las doce, derramó cerveza en mi polo. Tiempo después, me sentía un poco tonto recordando la situación y lo guapa que era la chica de la cerveza, aunque me consolé pensando en la brecha generacional que había entre los dos.

Tampoco me gustan las fiestas muy grandes. Quiero decir, me gustan las fiestas, pero no recibir un nuevo año rodeado de gente en completo estado de embriaguez.  Yo sé que es un día más, pero me pareció bastante lógico eso que alguna vez me dijeron sobre lo importante de  "recibir bien el año", por lo que me gusta comenzar el el primero de enero fresco y sin resaca.

Será porque todavía tengo los recuerdos de algunos años nuevos adolescentes en Punta Hermosa cuando, después de una noche que no había sido especialmente divertida, la primera mañana de enero se pasaba sepultada por la resaca y el sol de verano sobre la cabeza a punto de explotar y la culpa de comenzar el año así.

Todo esto  me hace pensar en que, si viajo en esa fecha, debe ser a un lugar bastante alejado. Si eso no es posible, me gusta quedarme en Lima. Disfruto mucho viendo la ciudad vacía, recorrer las calles sin tráfico y caminar.

Uno de los años nuevos más divertidos que recuerdo sucedió hace no mucho. Ante la falta de viajes algunos amigos y yo decidimos organizar un plan alternativo que resultó más o menos así: una parrillada a la que por regla todos llegamos en bicicletas, a las doce comimos las uvas, hicimos todos los ritos de rigor y luego agarramos nuestras bicicletas y nos fuimos pedaleando al malecón de Miraflores. Fuegos artificiales, juegos infantiles solitarios y un ultimo brindis en el que incluimos al sereno que se acercó. Ese primero de enero amaneció conmigo pedaleando rumbo a casa, sobrio, contento y fresco a pesar de no haber pegado el ojo en toda la noche.

El año nuevo ya no me preocupa especialmente como plan. Muchas veces los eventos con grandes expectativas han terminado en decepción y los improvisados han sido inolvidables. El mejor plan te lo puedes inventar en tu casa o en el parque, con tus amigos o familia. Lo importante es, creo yo, encontrar algo especial para hacer, así sea muy pequeño, donde sea que estés. Recuerda que estás saludando al nuevo año que te acompañará por un buen rato.

Aunque Sebastián lleva los viajes, como él mismo dice, "en el tuétano", siempre le costó viajar. Cuenta que cuando era chico, le daba miedo ir a los campamentos con el colegio y dejar la casa, aunque fuera solo por tres días, "me generaba angustia y dificultaba la partida". Hoy es un viajero empedernido y está aquí para contarnos sus historias y darnos las mejores rutas de escape.

    Comentarios